Rosanne Quintana | Ensenada B.C.
La noche anterior todo queda listo: las pacas de ropa, la carpa y hasta las sillas para resistir el calor sofocado del verano. Vender en un sobre ruedas no es cosa sencilla; en México es parte de la rutina del fin de semana, pero en Baja California tiene un sabor distinto, porque Tijuana es una ciudad de todos.
En Villa del Campo, a medio camino entre Tecate y Tijuana, el tianguis despierta antes del amanecer. Para asegurar un buen lugar hay que madrugar: muchos se levantan a las cinco, porque a las seis las calles ya están ocupadas. Los residentes de los Infonavit tienen ventaja: solo bajan de su casa, colocan las cosas frente a la banqueta y listo, su espacio ya está apartado.
Nosotros llegamos tarde, a las seis y media. El calor comenzaba a sentirse y el ambiente ya estaba en marcha. Apenas llegamos, alguien intentó despistarnos diciendo que teníamos que rentar un espacio, pero la verdad es que aquí basta con ganarlo: el que llega primero, se queda. Al final, terminamos hasta el fondo, en una de las últimas calles disponibles.
En cuanto bajamos la paca de ropa y levantamos la carpa, la escena cambió. Un grupo de siete personas se acercó de inmediato. “¿Cuánto, cuánto?”, gritaba uno, mientras las manos se metían entre los montones de prendas. La curiosidad por el puesto nuevo era evidente: muchos saben que las mejores ofertas están en lo recién llegado.
Las ventas comenzaron rápido: a diez o veinte pesos la prenda, algunas a cincuenta. Muchos de los primeros clientes eran revendedores, que más tarde volverían a ofrecer en otro mercado. Mientras tanto, el tianguis seguía extendiéndose calle tras calle: ropa, zapatos, juguetes, discos, herramientas, comida y hasta objetos que parecían salidos de otra época.
Después de un rato, el hambre nos ganó. Caminamos entre los pasillos y la mezcla de aromas nos envolvía: carnitas recién hechas, birria hirviendo en cazuelas, pizza recién salida del horno y hasta hotcakes. Aquí la calle también se vuelve cocina.
De regreso al puesto, presencié una escena curiosa. Una señora buscaba entre la ropa cuando un muchacho le dijo:
—¿Cuánto por su camiseta? Está curada, es de un rapero que me gusta.
La señora rió y le respondió que primero viera las prendas del puesto, y luego platicaban. Apenas terminaba de hablar cuando otra mujer se acercó y preguntó:
—¿Y cuánto por su sombrero?
Ahí confirmé lo que todos dicen: en el tianguis todo se puede vender, incluso lo que llevas puesto.
Con poco dinero puedes llevarte mucho, pero lo más valioso no siempre es lo material. Una vendedora me lo resumió mejor que nadie: “Es interesante porque te encuentras a personas que te cuentan de su vida, y vas agarrando más humanidad”.







